Estudiar las
necesidades del hombre es fundamental para ver de cerca los deseos, las
exigencias, las satisfacciones y las carencias de los individuos que
compartimos en colectividad, y es que resulta que cada persona posee elementos
que en conjunto delinean la esencia humana como bien plantea Hannah Arendt:
“Necesidad y vida están tan íntimamente relacionadas, que la propia vida se
halla amenazada donde se elimina por completo la necesidad” (La condición
humana, 1958, p.76). Con convicción respecto a esto, Invito a que despiecemos las
variadas personalidades que nos evidencia la sociedad y nos situemos a
observarlas detalladamente, solo así podríamos diferenciar las distintas
concurrencias que brotan de ella. Bajo el resplandor de nuestro análisis estas
coincidencias nos señalarían un amplio espectro de conductas humanas, donde
encontraríamos las diversas posturas que toma un ser humano dentro de su
colectividad. Como prototipos de éstas posturas que asume cada ser razonante, puedo
dejar en mesa múltiples valores humanos como lo son la honestidad, la humildad,
la paz o la solidaridad. Sin embargo otro claro ejemplo de una conducta propia
de nosotros es la particularidad del hombre de rivalizarse entre otros por el
logro de algún fin, lo que conforma una real guerra de posicionamientos. Aún
así es sustancial dilucidar que es natural que entre nuestros pares que haya
competencia, esta es dadora de buenos frutos cuando cuando se ejecuta de forma
serena y está regida a las reglas del derecho y la ética, siendo además una
fuente de motivación del individuo a proceder y no residir con su situación
para después dejarse sucumbir. Sin embargo, esta postura competitiva converge a
su vez en otra de las muchas peculiaridades que abarca nuestro ser: el afán de
cumplir nuestras metas a toda costa. Me refiero a la exigencia más recóndita de
querer todo lo mejor para nosotros mismos, ese sentimiento acometedor de
dominar a los demás para conseguir nuestra propia complacencia de haber
alcanzado todas nuestras propuestas, la razón que nos obliga a pugnar. Y es que
también esta emoción corre sobre los demás, estimulando a que el gentío
alrededor de nosotros también quiera pasar por sobre nuestro mérito,
obstaculizando nuestra aspiración de consumar nuestras metas. Por motivos como
éste es preciso contar con un guía, un referente que nos articule un recorrido
hacia nuestras intenciones, un consejero que nos entregue un protocolo de actuación
con directrices que nos permitan no cometer errores en la consecución de dichas
metas. La naturaleza del intercambio en forma de sugerencias es trascendental,
por eso es simplemente imperioso el tener un referente.
En primera instancia
es preciso asignarle la debida importancia a nuestras propuestas, ya que estas
resultan ser más significativas de lo que parecen, llegando incluso a conformar
una necesidad propia de nuestro ser, tal como especificó el estadounidense de
renombre y psicólogo Abraham Maslow en su tratado Una teoría sobre la
motivación humana (1943) donde
empleando su discernimiento en el área científica logró establecer una pirámide
jerarquizada de las necesidades humanas, situando en la cumbre de ésta el
concepto de la autorrealización, haciendo alegoría a que un hombre realizado es
un hombre que ha cumplido sus metas. Investigaciones como éstas esclarecen
nuestra intrincada postura que relaciona muy íntimamente nuestro sentido de
satisfacción personal a la realización de nuestros objetivos. Ya sabiendo que
el sentimiento de autorrealización va ligado a el cumplimiento de nuestras
expectativas personales, y que este sentimiento es a su vez una de las más
puras exigencias humanas, podemos interpretar la verdadera importancia del
referente como forma de saciar esta importante necesidad. Sin embargo, es
conveniente saber elegir un guía adecuado, ya que no es propiedad de todo
individuo el saber como proceder en nuestros asuntos determinados. Si aspiramos
en hacer un compendio de todas las cualidades que debería tener un referente
modelo, recaeríamos en que estos deben tener como principal facultad una capacidad
persuasiva sobre los demás, de tal forma que la sociedad pueda confiar
plenamente en ellos. Normalmente estos dotes son encontrados en personas que ya
sea por su entendimiento o por su adecuada formación, consiguieron exhibir un
sentimiento de seguridad en su actuar, haciendo que los demás percibieran en su
persona aires de infalibilidad y convencimiento que recaerían nuevamente en la
confianza que posteriormente depositarán en ellos. Entonces, en síntesis, un
referente de buena nombradía debería mostrarse seguro de sí mismo, a tal nivel
de llegar a ser persuasivo e influyente para un individuo ordinario. Adicionado
a lo anterior, la historia desborda de arquetipos guía que por su sublime
preparación consiguieron conducir en su forma de ser y comportarse a otros,
facultando a la sociedad a desarrollarse. Ahora si bien no hablamos de
historia, también podemos hablar de literatura, y precisamente quiero detenerme
en el segmento más bien filosófico de este género, descendiendo directamente a una
obra que posee un personaje en específico que cumple de lleno con todo lo ya
instaurado con respecto al guía.
Demian es el título de la novela compuesta por el
respetado escritor y ensayista Hermann Hesse, la cual nos sumerge en la
historia de su personaje principal Emil Sinclair, que vive en un mundo
fraccionado antagónicamente en dos partes pertinentes a lo bueno y lo malo, lo
permitido y lo prohibido, fracciones que harán que el intérprete entre en una
especie de trance espiritual, y es precisamente en esta etapa donde éste
desarrolla una historia en común con Max Demian, un joven maduro, educado e
inteligente que se convertirá en su guía espiritual. A este personaje en
específico quería apuntar al ser prácticamente el prototipo perfecto de lo que
llamaremos referente. El autor lo define como un ser con una confianza en si
mismo suficiente como para poderse mostrar sugestivo y convincente, de hecho en
la obra se le describe a éste prácticamente como un joven prodigio para su edad
que se destacaba en su manera singular de ver las cosas y en su preparación
mental. Ahora bien, con Max Demian podemos tener una idea más clara de lo
imperioso que resulta tener un referente para poder concluir con nuestras
metas, si hacemos arduo énfasis sobre el libro, notaremos que durante el
desarrollo de la historia se puede dilucidar cómo la inusual manera de ver el
mundo de Max logró hacer evolucionar a Sinclair por completo, pasando de ser un
niño crédulo y consentido a un joven introspectivo y juicioso. He aquí lo
poderoso de tener un ejemplo que seguir, no es necesario mucho análisis para
darnos cuenta que la sensación de confusión que comenzó a desarrollarse en Emil
se debía precisamente a que no tenía un concepto claro de qué era saludable
para él y qué era perjudicial, hasta que conoció a su guía, que inmediatamente
fue relacionado por él con lo positivo. Es aquí donde de forma progresiva, el
protagonista principal logra distinguir la desemejanza entre el mundo bueno y
el mundo malo, haciéndole sentir una sensación de bienestar después de muchos
tiempos de penuria. Para evidenciar esta situación puntual y insistiendo en la influencia
de Demian en Sinclair, apuntaré a una estrofa de H. Hesse en específico:
El
mismo día de mi breve conversación con Demian, cuando me convencí del todo de mi recobrada libertad y ya no temí las recaídas, hice lo que tantas veces y tan ardientemente había deseado: confesé. Fui a mi madre,
le enseñé la hucha con el cierre roto y llena de fichas en lugar de dinero, y le conté cómo me había encadenado por mi propia culpa a un malvado verdugo durante largo tiempo.
Ella no comprendió todo; pero vio mi hucha, mi mirada transformada, oyó mi voz y que yo había sanado, que su hijo le había sido devuelto. (Demian, 1968, p.17).
De este fragmento se dilucida
la gran asistencia que resultó ser Demian, cumpliendo precisamente su deber de
referente, persuadiendo de forma indirecta a que Sinclair exprese su
padecimiento con su madre. También el rol de conductor que asume Max sobre Emil
permite que éste adquiera dotes de autosuficiencia con respecto a la clasificación
de lo que le instauran los demás: “[…]Demian me había acostumbrado a considerar e interpretar los relatos y dogmas religiosos con más libertad
y personalidad, con más fantasía[…]” (Demian, 1968, p.22).
Basta con mirar más de cerca esta exquisita obra para
podernos dar una idea acerca de cómo un individuo puede surgir a través de las
sugerencias de otra persona, asignando a su vez la verdadera necesidad del
referente en la sociedad que vivimos.
Con esto queda
claro que las necesidades del hombre van muy ligadas a su vida, desembocando en
éste la ambición de mejorar por sobre los demás, lo que instaura que tanto para
poder surgir como para conseguir nuestras metas es necesario que contemos con
la dirección de un sujeto que como Demian, posea un conocimiento sobresaliente
al de nosotros, de forma que su sabiduría nos cimiente un camino por el cual
llegar a la conclusión de nuestras propuestas sin que nos equivoquemos en la
ejecución, solo de esta forma podremos aventajarnos de la competitiva colectividad
con la que vivimos y así a su vez podremos lograr ascender a nuestro último
nivel de autorrealización, constituyendo nuestra felicidad.
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